Cuando llegue el momento, los dejaré ir.

Dicen que los hijos no son nuestros. Que nos los presta la vida un tiempo, no para que los moldeemos a nuestra imagen, sino para que aprendamos a amar sin condiciones.
A veces me detengo en esa idea. La dejo caer en mí como una piedra en el agua. Porque es cierto: tener un hijo te rompe los bordes, te convierte en río.

Recuerdo que cuando estaba embarazada del mayor, leía «El arte de la compasión» del Dalái Lama, sin saber que esas páginas se convertirían en semillas para la relación que quería construir con él, y por extensión, con las demás personas en mi vida.
Y desde entonces me pregunto: ¿cómo amar dejando libres? ¿Cómo estar presente sin invadir, sin sujetar? ¿Cómo relacionarme no desde la frialdad, sino desde el amor que sabe que poseer no es amar?

Es un aprendizaje constante. Porque el amor, el verdadero, no se aferra. Sostiene, sí. Abraza. Pero también sabe soltar cuando llega el momento.

Amar significa no tener que decir nunca lo siento.

¿Reconoces la frase?

La literatura, la música y las películas nos han influido mucho a la hora de definir lo que es un amor “normal” (entendido como el que está dentro de la norma) porque hay que reconocer que la montaña rusa emocional en la que nos sumerge Cupido ha dado mucho juego a lo largo de la historia: Romeo y Julieta, Tristán e Isolda, Paris y Elena… Pero también los desamores  y las traiciones han servido de inspiración (el último ejemplo que me viene a la mente es Shakira).  

Y no se libran de la idealización sociocultural las amistades, las relaciones entre padres e hijos o entre hermanos. Todas tienen sus grandes éxitos (mi lado friki querría una relación fraternal como la de los hermanos Winchester en Supernatural).

Pero el amor, como el más sublime de todos los sentimientos, no puede limitarse.

Y es que pocas veces en nuestras vidas somos capaces de alcanzar ese estado de perfecto amor que nace del desapego total.  Así que muchas veces creemos que amar es necesitar. Que el otro nos complete, nos calme, nos justifique o nos reconozca. Pero eso no es amor: es apego. Y el apego es una cárcel que disfrazamos de cariño. El apego teme la pérdida, el rechazo, la separación. El amor verdadero no. El amor verdadero no necesita: simplemente es.

“Se dice que la compasión es el deseo empático que aspira a ver al ser sensible libre del sufrimiento. La bondad amorosa es la aspiración que desea felicidad a los demás. En este contexto, el amor y la compasión no deben confundirse con el amor y la compasión en el sentido convencional.”

Dalái Lama.

¿Qué es amar con desapego?

Desapegarse en el amor no es abandonar. No es soltar la mano, sino aflojar la cuerda.
Es dejar que el otro respire, decida, y se convierta en lo que ha venido a ser.
Amar con desapego es acompañar sin controlar. Es mirar a los ojos sin pedir que nos devuelvan una versión idealizada de nosotras mismas. Es permitir que nuestros hijos, nuestras parejas, nuestros amigos, se equivoquen, cambien, se alejen… Y seguir amando.

He aprendido que el camino más profundo para amar a otros es, en realidad, el camino de regreso a mí misma. Porque cuanto más me reconozco, más capaz soy de ver al otro con claridad. Cuanto más me sostengo, menos necesito que el otro me sostenga. Y en esa libertad compartida, crece un amor que no duele.

He aprendido a callarme todos los “deberías hacer”, los “tienes que”, y a dar un paso atrás cuando mis hijos quieren extender sus alas para probarse. A disfrutar su amor en el ahora, sin nostalgia del pasado ni expectativas del futuro.

Porque ese, para mí, es el único secreto: estar presente en el presente. Cuando lo consigo, es como detener el tiempo… y a la vez vivir la eternidad.

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