Expectativas y decepciones: ¿quién es el verdadero responsable?
Cuando alguien te decepciona, ¿quién es el que ha fallado realmente? ¿La otra persona… o la imagen que tú creaste de ella?
Las decepciones, muchas veces, no son más que expectativas no consensuadas entre nuestros deseos y lo que esperamos de los demás. Ilusiones secretas (que a veces ni sabemos que tenemos) tejidas en silencio y que entregamos al otro como si fueran un pacto invisible, esperando que el otro lo entienda, lo comparta… y lo cumpla.
Pero no hay pacto sin palabras.
Y no hay responsabilidad sin acuerdo.
Las emociones son tuyas, no del otro.
Cuando sientes decepción, el dolor es real. A veces se mezcla con tristeza, con rabia, con abandono o frustración. No es una mezcla agradable, siempre deja reposo amargo en el alma y un anhelo por lo que pudo ser y no ha sido.
Pero debajo de todo eso, hay un mensaje claro: algo que esperabas no ha sucedido.
No siempre es fácil verlo. Nos enseñaron que amar es esperar, que cuidar es anticipar, que dar es exigir algo a cambio (aunque sea afecto, presencia, o comprensión). Y cuando eso no llega, culpar al otro parece natural.
Pero no lo es.
El vicio de proyectar.
Un ejemplo que nos resulta fácilmente reconocible es el de los padres que se sienten decepcionados de sus hijos. No porque hayan hecho algo malo, sino porque no cumplieron las expectativas que los padres pusieron en ellos. Ese hijo que eligió viajar, esa hija que elige una carrera distinta, ese niño que creció con otra manera de estar en el mundo y verlo.
¿De verdad les han decepcionado los hijos… o les decepciona la no realización del deseo y los sueños no alcanzados? ¿Cuántos deseos y expectativas proyectamos en los otros? ¿Cuántas veces sentimos que decepcionamos al otro?
Soy muy autoexigente y eso me ha hecho sufrir en más de una ocasión. Hace poco tuve una charla muy liberadora para mí, y totalmente sorpresiva para mi madre, acerca de mi sentido de culpabilidad por no cumplir con sus expectativas y haberla decepcionado. Mi madre no sabía de qué le hablaba porque eso que yo había imaginado como sus sueños con respecto a mí, ella no los había tenido.
Y es que ese es otro punto clave en las expectativas, las autoimpuestas, y estas son mucho más duras y difíciles de reconocer y sanar.
La libertad de soltar la expectativa.
No importa de qué lado nazcan las expectativas, son cargas silenciosas que minan nuestras relaciones. Y cuando te liberas de ellas, las relaciones no se rompen. Se hacen más honestas al permitir que el otro sea quien realmente es y al permitirte la libertad de ser tú misma fuera de guiones mentales limitantes.
La decepción no se trata de lo que el otro hace. Trata de cómo tú interpretas lo que no sucedió.
Y a veces el «soltar» dolerá, será frustrante y te hará llorar, y estará bien llorarlo, sentirlo y liberarlo. Pero no lo vuelques como culpa.
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