Desapego emocional y material: la capa roja y cómo aprendí a soltar objetos
Hace varios años, cuando comenzaba a dar pequeños pasos en mi evolución espiritual, tuve un momento de inflexión que yo llamo “El evento de la capa roja”. Me gustaría compartir esta historia contigo con la esperanza de que pueda ayudarte a reconocer momentos cruciales similares en tu propia vida, e impulsarte hacia adelante en tu viaje de crecimiento personal.
Mi experiencia con el desapego: el evento de la capa roja
Era un día de invierno y había quedado con mi hermana para ir de compras. Tomamos café (muchos cafés), chocolate caliente y muchos churros, así que mi estado era de hiperactividad y euforia mental. Esto es importante porque he aprendido que estas cosas me afectan, y a pesar de ser una anécdota trivial, sé que he tomado decisiones importantes en ese estado de euforia a lo largo de mi vida.
La tarde iba pasando y las compras se iban poniendo cada vez más compulsivas, a todo el azúcar y cafeína hay que sumarle que lo estaba pasando genial con mi hermana, así que al cóctel le añadimos extra de endorfinas y ¡¡BOOM!!, en el escaparate de una tienda vi una preciosa capa de color granate con un ribete todo alrededor de pelo burdeos. ¡Perfecta!, pensé y ya no quise quitármela.
Por qué nos apegamos a los objetos
Cuando llegué a casa, la guardé en el armario y ahí empezó mi gran dilema, ¿cuál era la ocasión perfecta para ponérmela? No me la iba a poner para ir al súper, ni para tomar un café a con las madres de clase…, quizás estaría bien para ir a tomar algo por la noche con las amigas, pero tampoco era una buena idea, se podía manchar, o quemar o perder y yo me quedaría sin mi preciosa capa roja.
¿Ves por dónde iba la cosa?
Aunque era algo que me gustaba con locura, jamás le daba uso, y así fueron pasando los meses, llegó la temporada del cambio de armario y tuve que enfrentarme a qué hacer con la dichosa capa, que nunca usaba, ocupaba espacio en mi minúsculo armario y ahora iba a ocupar un espacio de almacenaje no tenía.
Los objetos, muchas veces, se convierten en depósitos de recuerdos y emociones. Guardamos cosas que nos conectan con momentos del pasado, pero en realidad, esos recuerdos viven en nosotros, no en las cosas.
Pequeños pasos para empezar a soltar
Antes de que Marie Kondo, irrumpiera en nuestras vidas para poner orden en nuestros armarios, o antes de que Saray Martín nos trajera su fantástico libro «El método del armario cápsula,»yo tuve una epifanía mientras acumulaba ropa encima de la cama y decidía qué hacer con ella.
La primera parte fue más o menos sencilla, separar la ropa de verano de la de invierno, luego separar la que me valía de la que no, la rota o muy estropeada de la que aún era salvable y por último: la CONTEMPLACIÓN de un montón de ropa que no tenía en principio nada de especial. Eso fue lo que quedó después de un día de limpieza y música.
Junto con mi capa, había un vestido que llevaba cuando estaba embarazada de mi hijo mayor, el pañuelo que usaba para tapar a mi hijo pequeño en las siestas fuera de casa, el jersey que me regaló mi padrastro cuando cumplí dieciocho años, la camiseta que llevé al concierto de los Héroes…
Y esa pequeña montaña de sentimientos y recuerdos estuvo más de un mes pasando de la cama a una silla, de allí al suelo del armario si había visitas y otra vez a la cama para ver si me decidía a hacer algo con ella. Me probaba la ropa una y otra vez, mis hijos jugaban a disfrazarse con lo que veían, mis gatos disfrutaban de las siestas encima de ella y yo me apegaba a los recuerdos que me traían.
Cómo superar el apego emocional y material
Un fin de semana de bajón emocional me derrumbé al ver que uno de mis gatos había vomitado en mi capa, no pude dejar de llorar durante mucho rato. Lloraba por la capa, lloraba porque le tiré al gato un cojín y le di, lloraba porque el cojín había caído en el vómito, lloraba porque no me había puesto la capa en meses, lloraba porque esa tarde con mi hermana no iba a volver, ni el concierto de los Héroes (fui al último concierto antes de que se separasen) ni mis hijos iban a volver a ser bebes ni yo joven y lloré por lo que pasó y lo que iba a pasar.
Al día siguiente pude deshacerme de toda la montaña de ropa, sin excepciones, más un cojín desastroso que también tenía porque me lo regaló una amiga antes de que nos enfadásemos y nos alejáramos.
El arte de soltar no significa perder,
sino dar espacio a lo nuevo que está por venir.
Ese día comprendí que estaba apegada a los objetos porque eran detonantes de recuerdos, que los recuerdos estaban conmigo porque eran vivencias y que si no los soltaba no podría tener nuevos recuerdos. También decidí que a partir de entonces iba a hacer que mi armario fuera práctico, con menos prendas pero de más calidad, que pudieran combinarse entre sí fácilmente y que pudieran ser llevadas en distintas situaciones y que todas juntas (la ropa de todo el año) en orden, no ocupasen más espacio que el que tenía en mi armario. Que fuera ropa que me sentase bien, que me hiciera sentir bien (eso es culpa del subidón que sentí la primera vez que me puse la capa) y fácil de mantener (odio planchar).
Ese día descubrí la teoría del armario cápsula aunque yo lo llamaba el “filtro de la capa”, los principios del minimalismo que yo llamé “algo entra, algo sale” y el principio de ecología al considerar que si ya se ha fabricado consumirá menos recursos si lo compro de segunda mano o para simplificar “compra de segunda mano que soy pobre”.
Con los años sigo perfeccionando el desapego a los objetos, un armario cápsula minimalista y el criterio ecológico, intento evitar el azúcar y la cafeína cuando voy de compras, dejarme seducir por los “brillis” y los impulsos e ir con una intención clara de lo que busco o necesito. Y cuando entro en crisis, siempre, siempre, siempre recuerdo “El evento de la capa roja”.
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